lunes, 23 de noviembre de 2015

TERRORISTAS

"Terroristas", por Luz Sánchez-Mellado. El País. 19 de noviembre de 2015.
Se levantan ya con la escopeta cargada. Empalmadísimos por haberse acostado con ellos mismos. Se duchan con el agua a la temperatura justa para bajarse los humos, pero solo lo imprescindible para poder embutírselos en la taleguilla. Se afeitan los cañones que les brotan erectos como tallos de narcisos porque, para machos, y narcisistas, ellos. Se calzan los pantalones que presumen de llevar en casa. Se colocan el paquete en la primera de las muchas veces que se lo reacomodarán al cabo del día, y salen afuera creyendo que huelen a lo que suponen que convierte a las mujeres en hembras en celo. Están ahí, y no los vemos.
Saludan al portero, requiebran a las señoras, ayudan a los ancianos, acarician a los niños, organizan la cena de Navidad de la empresa y son los primeros en pedir, y pagar, otra de cañas, Manolo. El alma del bloque, de la urba, del curro, son muchos de ellos. Tíos con lo que hay que tener. Líderes natos. La alegría de sus huertas, en fin, y no las siesas de sus mujeres, siempre con la cara de palo, los ojos hundidos, caminando un cuartito de paso por detrás de su amo, las muy mal folladas. Las tenemos delante, y no las miramos.
Lo que no sabe nadie, y si lo sabemos nos lo callamos, es que algunos de esos machotes son terroristas, y no siempre suicidas. Terror es que quien más quieres te hiera en lo más hondo. Terror es saber que en casa hay una bomba en el aire y que explotará y que habrá víctimas. Terror es que te digan que no sirves para nada, que estás loca, que das pena, que tú sabrás lo que has hecho para estar tan contenta, o tan triste, o tan callada, o tan habladora. Tan viva, en definitiva. Son los terroristas machistas. Los que maltratan y matan a sus mujeres o a quienes lo fueron por la infinita soberbia de creerse sus dueños y la pena que se dan a sí mismos. Andan sueltos. Son peligrosos. Hieren. Torturan. Matan. Van ocho muertas en noviembre. Y suma y sigue.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Bss

"Bss", por Luz Sánchez-Mellado. EL PAÍS.
Jesús estaría contento. Cada vez nos amamos más los unos a los otros. Por lo menos, nos damos más besos que nunca. Nos comemos a ósculos. Sobre todo entre desconocidos. Así, porque sí. Por puro amor al prójimo. Puede una pasarse semanas no ya sin besar, sino sin intercambiar palabra con su pareja, sus padres, sus hijos y sus amigos más íntimos. Ahora, a poco que esté en el mundo, habrá enviado y recibido besuqueos varios de medio planeta al cabo del día. El beso es el nuevo negro de las relaciones personales, que dirían las revistas femeninas. Un comodín de las normas de cortesía. Un básico que queda bien con todo y no compromete a nada. Nos despedimos con besos de los jefes en los correos de empresa. Mandamos besitos a diestro y siniestro en los grupos de WhatsApp donde nos meten los entusiastas de turno. Y le endosamos un besazo al primero que nos ríe las gracias en Twitter: amor con amor se paga.
Luego, nos cruzamos en el ascensor besadores y besados y nos hacemos los suecos de Gotemburgo, que una cosa es besarse de boquilla y otra mirarse a los ojos, ese exceso de confianza. Dicen de los adolescentes, pero los adultos también necesitamos que nos aplaudan, que nos quieran, que nos besen, aunque sea con el beso de Judas. Por eso contamos los “favoritos” y los “me gusta” y los emoticonos de corazoncitos como si fueran las huellas de nuestro paso en la tierra. Y en esas se nos va pasando el arroz. Y la pasta. Y la vida.
La otra noche, escuché de pasada a mi hija de 14 años rebuznarle al micrófono del móvil y partirse de risa al recibir como respuesta un bramido de su penúltima mejor amiga. Menudo pavo salvaje, pensé, instalada en la cima de mi condescendencia. Pero para pavazo, el nuestro. Había en ese rebuzno y ese bramido más alma, más corazón y más vida que en todos los besos, besitos y besazos que había enviado y recibido yo en esa semana. Ahí lo dejo. Bss.

domingo, 1 de noviembre de 2015

BOLLOS

"Bollos", por Almudena Grandes. EL PAÍS.
Desconfíen de las apariencias, porque no es un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia ha sucedido muchas veces, y siempre de manera semejante. Nuestra sociedad está absorta en sus propios, pequeños problemas, ni más ni menos que otras sociedades ricas, decadentes. El Parlamento catalán pretende declarar la independencia. Se multiplican las zancadillas, los besos de Judas, las sonrisas de plástico que anticipan el clima de la campaña electoral. Los líderes políticos están absortos en las cifras del paro y las encuestas, en el color de la camisa que mejor les sienta y el dilema de presentarse o no con corbata. Sus electores se ponen a dieta, se apuntan al gimnasio, deciden dejar de fumar o se hacen militantes de la carne roja. Son inocentes de sus decisiones, porque desde sus casas aún no se escucha el clamor, el llanto y los gritos que estremecen al sur, que estallan en el este. Cuentan que María Antonieta preguntó por qué gritaba la plebe el día que el estruendo atravesó al fin los muros de Versalles. Piden pan, majestad, le respondieron. ¿No tienen pan?, pues que coman bollos... Y siguieron su consejo. Las masas hambrientas arrasaron su palacio, vaciaron su despensa, se comieron sus bollos y la llevaron al cadalso. Así fue y así será, porque son muchos, y son humanos, y tienen mucha hambre, muchos hijos, nada que perder. Antes o después entrarán por la fuerza, miles, decenas, centenares de miles, millones por el sur y por el este. Ninguna frontera ha frenado nunca ni podrá frenar la desesperación. Y a partir de entonces, nada tendrá importancia, ni la independencia de Cataluña, ni las grandes coaliciones, ni el cambio, ni el recambio, ni el requetecambio, nada en absoluto. Sigan ustedes mirándose el ombligo.