sábado, 30 de enero de 2016

OLÉ, MUÑECA

"Olé, muñeca", de María Porcel. EL PAÍS. 30 de enero de 2016.
Barbie es un símbolo. De la niñez, de la juventud y la rebeldía, de la nostalgia. Barbie tiene 57 años y apenas ha cambiado desde que nació, cuando ya era así. Sí es cierto que su cuerpo ha ido retocándose ligeramente, década tras década, pero solo para adaptarse a las nuevas ropas y, todo sea cierto, para hacerse cada vez más flaca. Más lejana.
Todo cambió hace un par de años: llegaron Frozen y Elsa. Su pelazo y sus manos frías sin complejos la catapultaron al podio de la muñeca más vendida. Y Barbie se quedó atrás. Se vendía menos. No gustaba. Era el blanco de las críticas. Ninguna mujer con dos dedos de frente diría: “Llámame Barbie”. Ninguna niña decía: “Algún día quiero ser como Barbie”.
Pero Barbie cambió. Resulta que nadie quiere una muñequita florero. Como nadie quiere una mujer florero. Lo que quieren es una Barbie veterinaria. O ingeniera. O incluso superheroína. ¿Una Barbie con capa? Pues claro. Es lo que quieren las niñas, y los niños, venga ya. Yo les rogaba a mis amigos sus G.I.Joes, que solo prestaban si había una Barbie implicada en la transacción.
Ahora Mattel, su fabricante, anuncia un hito, no solo en juego: también social. Si las mujeres han cambiado, ¿cómo no iba a cambiar la muñeca más famosa del mundo? Pues sí. Las habrá pequeñitas, de casi dos metros y, quizá las más deseadas, gordas. Vale, no son gordas. Son curvy. Esa palabra trolera y suavona. Y vale que tampoco es que Barbie esté gordísima (al fin y al cabo se trata de buscar un modelo saludable), pero tiene caderas. ¡Y tripita! Las tres tienen un cuerpo más real. O por lo menos distinto. Ya iba tocando.

domingo, 24 de enero de 2016

VOLVER


Ficha 15. “Volver” de Manuel Vicent. El País. 24 de enero de 2016.
Antes de morir Luis Buñuel manifestó cuál era su ideal de futuro: levantarse de la tumba cada 10 años, comprar el periódico, enterarse de los últimos chismes, tomarse un martini y volver a la tumba hasta la próxima salida. Buñuel murió en 1983, cuando los socialistas acababan de conquistar el Gobierno y muchos ricos se llevaban el dinero a Suiza creyendo que habían llegado los rojos; soliviantada por los obispos la derecha se alzaba a gritos contra la despenalización del aborto y la primera fecundación in vitro en España; la ETA asesinó a 44 personas ese año y Tierno Galván fue nombrado alcalde de Madrid. Si el deseo de Buñuel se hubiera cumplido habría despertado por primera vez en 1993 sin enterarse de que Tierno Galván en plena movida había gritado en un concierto: “Rockeros, el que no esté colocado que se coloque… y al loro”, pero se habría encontrado con Miguel Boyer, ministro socialista, casado con Isabel Preysler y a Felipe González acusado de corrupción y crímenes de Estado por un político con bigote. En 2003, en la segunda salida, aquel político del bigote llamado Aznar ocupaba el Gobierno, en plan chulo con las patas en la mesa y toda España se hallaba bajo el reino de la codicia con un ruido espantoso de grúas y hormigoneras. En 2013 Zapatero no había existido. Al muerto le sorprendió un tal Rajoy en el Gobierno y las calles llenas de mendigos con corbata escarbando en los basureros. Puede que en 2023, en su próxima salida, Buñuel lea en el periódico que estos jóvenes de la ira que acaban de llegar hoy a la política con el viento del pueblo son unos viejos corruptos o tal vez han logrado limpiar a España de golfos y chorizos, pero frente a cualquier noticia para Buñuel nada será mejor que tomar su martini con el sol en la cara para volver a la tumba ebrio y un poco bronceado.

jueves, 21 de enero de 2016

ZARRAPASTROSA

"Zarrapastrosa", Luz-Sánchez Mellado. EL PAÍS. 21 DE ENERO DE 2016.
Modestia aparte, tengo una lumbrera en casa. Una zagala de 14 abriles que me come de todo, me estudia ella solita y me saca dieces en Lengua uno detrás de otro. Es más mona y más lista y más educada, mi niña... Acaba de leérseme Castilla para un trabajo de tercero de la ESO y ni me ha protestado ni me ha pedido nada a cambio ni nada. Enterito, se ha tragado la criatura ese clásico de la literatura española quemándose las pestañas en el portátil de su cuarto teniendo varias ediciones en rústica en la estantería. Cuando se lo hice notar, así, con delicadeza, no fuera a ponérseme rebelde, la que me puso en mi sitio fue ella. “No sé. Así, en plan tableta, me entran mejor las cosas. Qué más te da cómo lea, si leo. Eres mazo pesada, tío”. Tío. No mamá, ni señora madre, ni vieja bruja caduca propiamente dicha, no. Tío, me dijo. Así, con dos ovarios, como se llaman ahora los adolescentes ya sean hombres, mujeres o cosas. Estuve por ponerme ultraortodoxa y darle la chapa con lo de la concordancia de género, número, tiempo y persona. Pero conté hasta diez e hice antes examen de conciencia. ¿Quién es una para dar lecciones a nadie? Entre la presbicia, la desidia y los dedos como morcillas, meto faltas a porrillo en los mensajes de texto. No tildo los tuits para no perder un microsegundo pulsando la letra correspondiente en el teclado. Antes de Twitter me bebía tochos de 600 páginas a morro y ahora tres párrafos me parecen un reportaje largo. Eso, dedicándome a juntar letras. Hija de su madre, mi nena. El otro día salió el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, diciendo que hacemos un uso zarrapastroso del idioma. Se lo contaba anoche a mi pequeña mientras ella cotilleaba Instagram y yo tuiteaba sobre Gran Hermano. ¿Zarrapasqué?”, me contestó ella, “vaya palabro, es mazo larga, tío”. Por cierto, la niña me aprobó el trabajo sobre Azorín con nota, gracias.

domingo, 10 de enero de 2016

TRES EDITORIALES

"Atados a la casa paterna", EL PAÍS, 2 de enero de 2016
 Que casi el 80% de los jóvenes españoles menores de 30 años vivan todavía en la casa de los padres da cuenta de la profundidad de la crisis que vivimos. La tasa de emancipación juvenil española se sitúa entre las más bajas de Europa, solo por encima de la de Grecia, Italia y Croacia, y muy por debajo de la media europea, donde los jóvenes se emancipan de media a los 26,1 años, mientras que aquí lo hacen a los 28,9. Es muy posible, además, que estas estadísticas escondan una parte de la realidad, pues muchos de los jóvenes que han abandonado el hogar paterno siguen necesitando la ayuda económica de sus padres.
Estos datos marcan un panorama social deprimente para las expectativas de las nuevas generaciones, pues las causas son estructurales y se necesitan políticas más decididas que las aplicadas hasta ahora para cambiar la tendencia. En primer lugar, la alta tasa de paro —el 38,7% de los menores de 30 años están desempleados— y la precariedad laboral de los que trabajan impiden que tengan ingresos suficientes. A ello se añade el alto precio de la vivienda, inasequible para los salarios medios que perciben quienes comienzan su vida laboral.
La incertidumbre sobre la continuidad en el puesto de trabajo es otra barrera importante a la hora de decidir la emancipación. El nuevo gobierno que se forme en España no puede ignorar esta realidad. Su prioridad debe ser un plan de choque de empleo juvenil.

"Los clubes son responsables", EL PAIS, 9 de enero de 2016

 Con demasiada frecuencia, los jugadores de fútbol de élite en la Primera División española protagonizan conductas reprobables —cuando no predelictivas—, impropias de deportistas conscientes de su responsabilidad. El caso más reciente es el del jugador del Barça Luis Suárez, que rozó el matonismo en el último partido contra el Espanyol; o del espanyolista Diop, que al término del encuentro declaró: “Si hubiéramos sido violentos algunos jugadores habrían salido en camilla”; o el estúpido desafío entre varios para proseguir el enfrentamiento tras el partido. No se trata de los roces habituales dentro de un campo de fútbol, que pasan y se olvidan; el partido discurrió por cauces de hostilidad y resentimiento, preparado por declaraciones inoportunas de directivos de ambos equipos, en los que, sin duda, jugó un papel importante lo que representan ambos clubes en el ámbito político catalán.
Pero hay más. Dos jugadores del Real Madrid han protagonizado episodios preocupantes, además de grotescos. Karim Benzema está investigado por la justicia francesa por su implicación en un supuesto chantaje sexual a su compañero Valbuena; y James, sorprendido en la M-40 circulando a 200 kilómetros por hora, forzó a la policía a una persecución cinematográfica.

La acumulación de violencias y despropósitos obliga a preguntarse si los clubes de fútbol disponen de un código ético que deben cumplir los jugadores; o, si lo tienen, se dignan aplicarlo. Por el contrario, parece que las directivas miran hacia otro lado cuando una de sus estrellas se comporta de manera zafia o directamente ofensiva; y, a veces, salen en su defensa a destiempo, implicando indecorosamente al club en las fechorías de sus empleados. Los jugadores de élite no cobran millones al año solo por golpear con acierto un balón; representan a una sociedad y tienen un papel que cumplir a cambio de sus cuantiosas soldadas. Eso incluye, por lo menos, pagar impuestos, acreditar una conducta razonable dentro y fuera del campo y evitar la incitación a la violencia.
Suárez ya ha sido castigado por el comité correspondiente; quizá otros jugadores lo sean. Es justo y conveniente. Pero el silencio llamativo y ofensivo es el de sus propios clubes, que son los que, en primera instancia, deberían sancionar las conductas desbocadas; al no hacerlo, incurren en una clara responsabilidad.

"Fracaso con los refugiados", EL PAÍS, 10 de enero de 2016.

 Desbordada por la oleada de refugiados, la Unión Europea no ha sido capaz de gestionar eficazmente la crisis migratoria desencadenada en 2015. Cada país se ocupó de aplicar sus propias recetas. Dinamarca y Suecia han iniciado el año restableciendo los controles fronterizos aleatorios y por un tiempo limitado, una medida que torpedea la libre circulación de las personas y pone en cuarentena Schengen. Con esta respuesta tratan de poner freno a la entrada masiva y descontrolada de refugiados.
Alemania registró el año pasado 1,1 millones de peticiones de asilo y Suecia recibió a 163.000 personas, el mayor número per capita de la UE. Los dos países que más empeño han puesto en tender la mano a quienes huyen de las guerras tienen razón al pensar que la carga no se ha repartido por igual y que es necesario compartir responsabilidades.
 
Es hora de admitir que el programa de reubicación de refugiados ha fracasado. Los Veintiocho se habían comprometido a trasladar a 106.000 personas desde Grecia e Italia, las dos principales puertas de acceso a suelo europeo, a otros países. Sin embargo, solo han sido capaces de instalar a 272, de las cuales 18 han llegado a España.
El enquistamiento de esta crisis se está convirtiendo en caldo de cultivo de inquietantes brotes xenófobos, como el que estos días salpica Alemania tras las agresiones sexuales a mujeres durante las celebraciones de Nochevieja. Las miradas sobre los disturbios —todavía no bien explicados y envueltos en una confusa actuación policial que ha causado la destitución del jefe de la seguridad en Colonia— ponen el foco en “hombres jóvenes de aspecto árabe o norteafricano”. El hecho de que entre los sospechosos haya solicitantes de asilo ha reabierto el debate sobre la política migratoria de Angela Merkel, que ha declarado estar dispuesta a revisar las leyes de acogida.
Tan importante como castigar a los culpables, independientemente de su origen, es no caer en la tentación de levantar aún más barreras discriminatorias contra los refugiados.