martes, 29 de marzo de 2016

FECHAS IMPORTANTES


4º ESO

 

-          21 de abril: lectura obligatoria.

-          28 de abril: examen periodístico.

-          12 de mayo: examen teórico.

-          26 de mayo: examen literario.

 

Otros plazos:

-          29 de abril: 1ª lectura voluntaria.

-          3 de junio: 2ª lectura voluntaria.

 

domingo, 27 de marzo de 2016

VIOLENCIA EN EL FÚTBOL



“Dos puñaladas que merecen una explicación”, por Jesús Mota. EL PAÍS.

Pío Baroja argumentaba con vehemencia que si bien los hombres (la especie) habían conseguido asombrosos progresos científicos y técnicos hasta el siglo XX, su calidad moral no era muy diferente de la de sus antepasados del Paleolítico. Don Pío observaba los comportamientos cobardes o violentos y sacaba conclusiones. Son muchos los filósofos que han identificado el mal absoluto, ese que se atribuye a Satán, con la violencia. El episodio vivido (o casi fenecido por uno de sus protagonistas) en el campo malagueño de San Ignacio en el partido que jugaron el CD El Palo y el Alhaurín de la Torre B, de Tercera, invita a deprimirse en el pesimismo antropológico. Al final del partido, un jugador de El Palo sujetó a otro del Alhaurín, Samuel, mientras un segundo jugador del equipo palense le asestaba dos puñaladas en el tórax, cerca del corazón. Samuel se ha salvado de la muerte y sus agresores están identificados y a disposición judicial.

Con retórica y una pizca de énfasis se puede construir solemnemente una invocación a que se investiguen y erradiquen las causas de la violencia en el fútbol. ¿Quién no apoyaría tal pretensión? Pero es una tarea difícil. La percepción de la violencia está desenfocada; no nace por generación espontánea en los jugadores, sino que germina y crece en una atmósfera que los envuelve y malea. El tóxico se compone a partes iguales de una mala educación deportiva desde los equipos infantiles; de la inoculación de dosis de rencor mezcladas con el excipiente de la competitividad, pequeñas en principio, pero que actúan como vacunas para admitir dosis mayores, hacia el otro equipo; y de la conducta vandálica de una parte de los públicos de esos campos de Dios (incluso de Primera), donde se zahiere y agrede a colegiados y linieres, a los rivales y a sus seguidores como si fueran reos de colonia penitenciaria en el siglo XVIII, como potenciador. El jugador a quien no se le ha enseñado desde alevines a distinguir entre intensidad y agresión cede fácilmente al reclamo de la brutalidad. Como diría Jessica Rabbit con donaire: “No soy mala, es que me han dibujado así”.

No caben ya más excusas de sociología de tocador. No dice verdad el presidente de El Palo B, Juan Godoy, en su análisis de las puñaladas: “El problema está por encima de lo deportivo y es consecuencia de la sociedad en la que vivimos”. De eso nada. Las puñaladas en el San Ignacio tienen causas, nombres, apellidos y aun apodos, culpables y responsables. Acusar a la sociedad es mala maniobra evasiva; la sociedad está en todos y, sobre todo, en los más próximos.

Dos puñaladas en el tórax definen algo más que “violencia deportiva” al uso: constituyen un acto criminal que merece una respuesta articulada. Se trata de que los campos de fútbol de cualquier nivel no se acostumbren al manejo de armas blancas. La culpabilidad personal la determinará el juez, como es de cajón. Pero va siendo hora de que comparezcan en el escenario los componentes del entorno de este acto, desde entrenadores y educadores hasta directivos del club. Por favor, que nos aporten su explicación de cómo hemos llegado a las navajas.

 

 

LA DESIGUALDAD LABORAL


“Hacia la igualdad real”, editorial de EL PAÍS.

La lucha por la igualdad laboral entre el hombre y la mujer (incluyendo por supuesto los cargos directivos en las empresas) se parece mucho a la pelea contra el fraude fiscal: todos los agentes sociales se pronuncian en contra de la desigualdad, igual que contra la evasión fiscal; todos se rasgan las vestiduras y piden o prometen acciones radicales para corregir ambas anomalías, pero nadie las toma y cuando se escriben en normas, decretos o recomendaciones, su eficacia se dispersa en multitud de nudos de decisión. La diferencia es que el fraude fiscal es ilegal y la discriminación por sexo, pocas veces admitida como tal, pertenece a un confuso universo situado entre la alegalidad y las recomendaciones bienpensantes que nada resuelven, pero a muchos tranquilizan. Los resultados, para la desigualdad y para el fraude, son la mediocridad que cabría esperar: escasos avances, retórica huera y promesas de mitin.

Resulta difícil explicar las causas de la desigualdad entre hombres y mujeres en las empresas, particularmente en lo que se refiere a la ausencia femenina en los puestos de alta dirección, salvo que se recurra al término machismo, que parece decirlo todo y no explica nada. La incorporación de la mujer a las tareas profesionales progresa a buen ritmo (bien que relativamente y de forma desigual) mientras se mueve en estratos salariales bajos o medios; pero sufre un colapso progresivo cuando empieza a aproximarse a los altos niveles de dirección. Las hipótesis para explicar este oscurecimiento apuntan a la presión familiar, los horarios inconvenientes o la ausencia de políticas de conciliación en España. En favor de esta hipótesis está el que países como Suecia hayan conseguido cotas muy elevadas de igualdad intensificando las políticas de conciliación. Pero, claro, la condición de eficacia es que el mensaje sea nítido y contundente; no valen correcciones menores de la legislación, de esas que suelen saludarse como “un paso adelante” a falta de expectativas mejores; las medidas que se exigen son radicales y, desde luego, tienen un coste para el Estado y para las empresas que, si se quiere ir más allá da la chatarra verbal, hay que asumir.

La desigualdad parte de una actitud dañina para los intereses de los asalariados de una compañía, de sus directivos y de la propia empresa: la de relegar el mérito a la última consideración cuando se trata de contratar o ascender a una persona. Esta disfunción en origen es notable, porque quien decide prefiere considerar antes y sobre todo características manifiestamente mediocres (fidelidad, baja conflictividad, mímesis con el entorno, simpatía, incluso el banal “¡es un gran chico!”) a la capacidad técnica, la creatividad o la pericia para encauzar el trabajo de un equipo. En este humus se fabrica, como un destilado primordial, la desigualdad del sexo en las posiciones directivas de la empresa. Porque el órgano de decisión sobre los equipos directivos forma sus ideas (el más fiel, el más simpático, el amigo) en entornos extraprofesionales, donde, como se repite con frecuencia, las mujeres no suelen estar.

Es pura negligencia sostener que la igualdad de la mujer en las empresas, a cualquier nivel, debe ser entendida como “una larga paciencia”. Quizá el camino sea largo, pero no puede emplearse ese eslogan tipo coartada mientras no se hayan tomado todas las decisiones político/administrativo/corporativas imprescindibles para conseguir el objetivo propuesto. Hay modelos sociales que imitar -es el punto de partida- y, desde luego, modelos societarios que mejorar. Es difícil entender que la elección de consejeros y directivos en las empresas tenga más que ver con el nepotismo o la proximidad que con un proceso abierto, transparente y neutral de selección. Veremos qué compromisos se adquieren y se cumplen en la legislatura.

 

viernes, 11 de marzo de 2016

El dibujo, por Juan José Millás

En ocasiones se pasa de una situación normal a una delirante sin notar el cambio. También es cierto que lo que percibimos como normal es con frecuencia un delirio y viceversa. Había un cuento, una película, quizá una novela, ahora no caigo, en la que el personal y los internos de un frenopático cambiaban sus lugares y todo seguía funcionando con la rutina de siempre. Cuando se presentaba el inspector de Sanidad, lo atendía el director, que hasta ayer mismo era oficialmente un loco, y le mostraba las instalaciones, entre las que deambulaba, con la mirada perdida, el personal administrativo y sanitario de la etapa anterior. A veces ni siquiera es preciso realizar tal cambio, basta con darle la vuelta al dibujo, como ocurre en esa ilustración en la que, según se mire, aparece una bruja o un hada.
España, según se mire, es una cosa u otra. Significa que si nos visitara un inspector de Sanidad interplanetario y le recibiera Mariano Rajoy con su traje azul y su camisa blanca y su corbata de la suerte, no notaría nada a primera vista. Tampoco cuando le mostrara las instalaciones. Aquí, el Parlamento. Aquí, Celia Villalobos. Aquí, los siameses Sánchez y Rivera. Aquí, el Senado. Aquí, Rita Barberá. Aquí, un grupo de senadores dormitando a la espera de la jubilación. Aquí, la familia real. Aquí, la sede del PP, recién reformada. Aquí el aeropuerto de Castellón, para las personas. Aquí, el Poder Judicial. Tenemos Poder Judicial y Ejecutivo, sí, y el Cuarto Poder, ya sabe, el de la prensa. Aquí, el Palacio Episcopal. Aquí, un pederasta. Aquí, la ley mordaza. Aquí, el señor Aznar. Aquí, su hija y El Bigotes. Aquí, el Escorial. Aquí, las fotografías de la boda.
Todo normal, en fin. Pero dele usted la vuelta al dibujo.

viernes, 4 de marzo de 2016

¿Quiénes son esos 10.347?, por Xavier Vidal-Folch

Un periodista económico maneja muchas estadísticas. Las sobrevive. Pero alguna le hiela el corazón, si aún lo tiene. ¿Quiénes son esos 10.347 tipos y tipas?Los discapacitados que acabaron en paro a final de 2015. En Cataluña: que en esto es casi un paraíso en el conjunto de España.
¿Son muchos, son pocos?
Una enormidad. En 2008 eran solo 4.019. O sea que han aumentado un 157%, casi tres veces más rápidamente que el total de desempleados, hasta medio millón largo (un incremento del 60,2%).
O sea que ser sordo, ciego o mudo en tiempos de crisis triplica tus probabilidades de quedarte en la cuneta. Y cuando viene la reactivación (que no recuperación, esa solo llegará cuando volvamos a los 4.019, el nivel de 2008), el respiro es mínimo: solo 288 encontraron empleo en 2015, un 0,27% del total de los parados con hándicap físico en 2014: 0,27%. 0,27%. 0,27%.
En realidad, ¿nos extraña? Todos conocemos a alguien con esa desventaja, sabemos que los primeros recortes de las Administraciones se aplicaron a quienes disponían de voz más débil (o ninguna) para protestar. Y al cabo estamos fabricados de la misma pasta humana que la peor burocracia.
Porque si es evidente que las políticas activas de empleo —la recolocación, la reorientación, el reciclaje a través de los institutos públicos de empleo— han sido el gran fracaso laboral de este país, este se multiplica en el caso de quienes exhiben discapacidades.
Pero no es un fracaso imputable solo a la política y al aparato administrativo. También a las empresas que incumplen la ley y a los sindicatos y trabajadores que no protestan. Desde la Ley 13/1982, toda empresa con plantilla de más de 50 trabajadores debe reservar el 2% de empleos a los discapacitados. En Cataluña hay 11.000 de esas empresas, pero ¡solo 150! cumplen la normativa, recuenta el colega Sergi López.
Las ventajas de que gozan esas contrataciones son sustantivas: por cada contrato indefinido, la compañía recibe 3.907 euros; se les bonifica la cuota de la Seguridad Social entre 4.500 y 5.700 euros/año; y se le deducen 12.000 euros por persona/año en que se haya incrementado el promedio de trabajadores en plantilla con discapacidad superior al 65%.
Es inútil, si nadie presiona. Solo un 0,27% sale de la cuneta.

EN DEFENSA DE LAS MUJERES, por EL PAÍS

En una actitud que cabe calificar de ejemplar, el conductor de un autobús madrileño de la línea 29 impidió que el acoso que estaban sufriendo dos chicasen el interior del vehículo fuera a más; pero su intervención concitó la ira de los atacantes y acabó siendo agredido él mismo. El incidente se produjo a las siete de la mañana del sábado, cuando cinco jóvenes subieron al autobús y comenzaron a hostigar a las dos pasajeras que viajaban en su interior.
La violencia que cada año acaba con la vida de decenas de mujeres se ejerce en la mayoría de los casos en la intimidad del hogar, y por eso resulta tan difícil detectarla o combatirla si no media denuncia. Pero esta violencia suele expresarse también en forma de comportamientos y actitudes de intimidación destinadas a denigrar y atemorizar a las mujeres. Estas actitudes, que a veces se dirigen contra desconocidas, revelan el arraigo que tienen aún ciertos estereotipos de dominación masculina. Las encuestas de víctimas indican que estas agresiones son más frecuentes de lo que parece.
La tolerancia hacia los comportamientos machistas alimenta una concepción de la relación entre hombres y mujeres basada en la desigualdad; favorece la prepotencia en los agresores y, lo que es peor, incuba en ellos una sensación de impunidad que a menudo les lleva a escalar la espiral de violencia. Por eso es tan importante que las personas que presencien o sean conocedoras de algún caso de agresión —de cualquier tipo— actúen con determinación, como ha hecho el conductor del autobús, y lo denuncien. En caso de violencia contra las mujeres, basta con una llamada al 016, gratuita y que no deja rastro en la factura de teléfono. La intervención de un testigo y el hecho de que la escena fuera grabada por cámaras de seguridad —en casos como este se demuestra la utilidad de este sistema de vigilancia — han permitido identificar y detener rápidamente a tres de los cinco agresores.

LA INDIFERENCIA, por David Trueba.

Las imágenes de los refugiados sirios cercados y rociados de gases lacrimógenos por las fuerzas de seguridad en la frontera de Macedonia obliga a plantearse una pregunta. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Las escenas, por desgracia, no son nuevas, pero sorprende descubrir cómo se ha fabricado la indiferencia general. Desde el cartelito que luce el Ayuntamiento de Madrid, proclamando su bienvenida a los refugiados, hasta esas escenas recientes han pasado algunas cosas sobre las que conviene reflexionar. Algunas orquestas alemanas han tenido el detalle de ofrecer un recital para proclamar su bienvenida a los refugiados. Es un gesto solidario, pero también una inyección de autoestima en un país que ha visto florecer un nuevo fascismo que celebra la desgracia de los extranjeros y predica su inferioridad. Los nuevos nacionalismos se asientan sobre una superioridad local más o menos sutil. Pareciera que, como el Gobierno español, la humanidad estuviera en funciones en todo el continente europeo, a la espera de resolver esta investidura: ¿somos o no somos capaces de tratar a los demás como seres con derechos básicos?
Más allá de la incapacidad para entender en un registro geopolítico la nulidad de declarar guerras fuera de nuestras fronteras y luego pretender que no nos afecten sus rigores y desgracias, hay dos noticias que cobraron un poder desmoralizador. La primera fue el hallazgo del pasaporte de un refugiado sirio junto a uno de los epicentros de la matanza terrorista en París. Ese pasaporte ha generado dudas por su autenticidad para identificar a alguno de los participantes integristas, pero cumplió el objetivo de dar cobertura a quienes sembraban la sospecha de que los refugiados escondían entre mujeres, niños y familias rotas a radicales islámicos. El segundo empujón para la desmoralización general tuvo lugar apenas semanas después, cuando en algunas ciudades alemanas se produjeron acosos sexuales a mujeres y escenas deleznables de robo, abusos e impunidad durante la celebración nocturna navideña. De los casi 60 detenidos acusados de aquellos actos, tan solo dos responden al perfil de refugiado sirio, pero la mancha de culpa se ha extendido hacia todos ellos.
A caballo en esas dos manipulaciones, demasiados ciudadanos europeos se han desentendido del destino de los refugiados. La indignidad se prolonga cuando el interés de los bandos más sanguinarios enfrentados en la guerra civil siria y sus aliados internacionales se concentra en expulsar a las víctimas hacia Europa y generar así una presión política que obligue a negociar y perpetuar en el poder a los verdugos de una nación ya rota.