domingo, 24 de abril de 2016

"Ser famoso", por Ana García- Siñeriz. EL PAIS.

¡Qué cruz lo de ser famoso! ¿Se acuerdan de Debbie Allen, la profesora de Fama, y lo de “la fama cuesta, y aquí vais a empezar a pagar”? Yo sí, pero el precio no era el de ahora. No sé como aguantan los famosos 3.0, en serio.
Primero, si no te haces un selfie en pelotas a la semana no eres nadie. Y búscale justificaciones absurdas, como la pobre Kim. Si no, te pondrán a parir por auto explotarte, las feministacas y otras envidiosas de penes y cuerpos serranos.
Te invitan a todos los saraos, pero ¡ay, suplicio de Tántalo! Para estar todo el día en bolas, iPhone en ristre frente a un espejo mal iluminado, una no puede bajar la guardia. Ni un bocadito de foie, ni una croquetuela de boletus, no sea que se derrumbe nuestro fondo de comercio, verbigracia, tetas y culo.
¡Y el mantenimiento! Un yate sale más barato, de ahí su popularidad entre los famosos: compensa. Narices, pechos, párpados, pómulos, fundas…calculen el dineral en operaciones y tratamientos varios. Y sin que se note, que te hacen un zellweger y, con perdón, la has cagado. Te hunden, con el antes y el después.
Y lo peor de todo: los p***s móviles. ¿Qué pelanas no tiene un smartphone con cámara? Ayer mismo, en el aeropuerto asistí horrorizada a la siguiente escena: una famosa con cara de mátame camión posaba junto a una señora. Las amigas le preguntaban “¿Y esa quién es?”. La famosa aguantó impávida la explicación. “Una que sale por la tele, y que se enrolló con uno, y que dice que no se ha operado de las tetas”. ¿Ustedes creen que compensa?

"Lesbos", por Julio Llamazares. EL PAÍS.

Uno se imagina Lesbos como la isla paradisiaca a la que cantaron Alceo y Safo (y Odysseas Elytis, ya en nuestro tiempo) y en la que durante siglos nacieron culturas que se esparcieron después por toda la región y a la que al mismo tiempo llegaron viajeros procedentes de todo el Mediterráneo y aún de más lejos; una isla hermosa y llena de olivos en la que sus habitantes vivieron en paz salvo en los periodos bélicos que salpicaron a Grecia y a Europa. Nada que ver, por tanto, con las imágenes que las televisiones nos ofrecen hoy del congestionado y convulso lugar en que se ha convertido Lesbos como consecuencia de la aglomeración en ella de miles de refugiados que han llegado hasta sus costas huyendo de la guerra en sus países, dada su proximidad a Turquía.
Los vecinos de Lesbos y los turistas que también continúan llegando a la isla atraídos por su paisaje y su mar (también algunos por su leyenda) asisten estos días, además, a las de la deportación de esos refugiados, que las autoridades europeas y griegas han ordenado tras llegar a un acuerdo con la vecina Turquía, que ha aceptado volver a recibirlos a cambio de miles de millones y de la aceleración de su entrada en la Unión Europea. Todo tiene su precio, también la solución a la desgracia de las personas.
Viendo a esos miles de refugiados que, después de haber cruzado el mar jugándose la vida (y viendo cómo otros la perdían, muchos de ellos niños aún), son obligados de nuevo a cruzarlo contra su voluntad, uno se pone en su lugar y trata de imaginar lo que sentirán sabiéndose rechazados por los Gobiernos de unos países que presumen de acogedores y democráticos, pero que se comportan como si no lo fueran. ¿Cómo nos recordarán cuando pase el tiempo a los europeos, da igual griegos que alemanes que españoles? ¿Qué sentimientos albergarán hacia nosotros después de haber visto cómo los expulsábamos contradiciendo nuestras propias leyes? ¿Pensarán que todos participamos en su expulsión o distinguirán entre unos y otros?
Quizá nunca lo sabremos. Pero de lo que estoy seguro es de que muchos de esos refugiados, en estos días, mientras los barcos que los llevan nuevamente a Turquía cruzan el mar, mirarán hacia el cielo y pensarán lo mismo que Elytis cuando, todavía vivo, hacía lo propio desde el jardín de su casa en Lesbos: “No conozco ya los nombres de un mundo que me niega. / Nítidamente leo las conchas, las hojas, las estrellas. / El rencor me es superfluo en las sendas del cielo. / Salvo que sea el sueño, que me vuelve a mirar / cruzar con lágrimas el mar de la inmortalidad”.

"¿Qué está pasando con nuestros adolescentes?", por Joaquín Reyes. EL PAÍS.

Pasaba por la verja de un instituto y oí unas voces púberes pero varoniles, que entre el bullicio, se distinguían por la proximidad. Tenía prisa, me dirigía a hacerme las ingles brasileñas, pero me detuve a escuchar la conversación.
- Ayer me terminé Memorias del subsuelo [gallo] ¡Es el recopetín! Dostoievski desarrolla [gallo] una profunda reflexión acerca de la contradicción que surge [gallo] respecto a la noción del bien y la libertad [gallo], reflexión que desafía la idea tradicional de racionalidad.
- Qué movida más tocha –le respondió el otro interlocutor-. En cuanto me termine [gallo] Casa de muñecas me lo dejas para que me lo lea [gallo].
Luego se acercaron unas chicas riéndose y les dijeron a los muchachos: “¡Vosotros! ¡par de nihilistas! U os dais el piro de aquí u os cucamos las cabezas”. La amenaza fue efectiva porque se fueron al punto, murmurando: “Se creen muy guays porque son poetisas”. Seguí poniendo la oreja, claro.
- ¿Has visto el Instagram de Débora? Ahora le ha dado por la pintura suprematista. Ayer posteó la foto de su último cuadro, Horchata, limonada y por detrás chocolatada nº64, y en media hora llevaba 12.000 likes.
- ¡Pues lo que le faltaba a la Devi! Por cierto, ¿vais a ir a la perfomance que va a hacer mi novio este finde? Se va a quedar toda la tarde del sábado delante del escaparate de Primark quieto, estático, como un gato de escayola.
- ¿Irá desnudo esta vez?
- Sí, y pintado de azul cobalto.
Luego sonó un ring que supuso el fin de la conversación y del bullicio y de todo, el patio se quedó vacío. Y entonces me sobrevino la pregunta: ¿Qué está pasando con nuestros adolescentes?

"Nudos", por Almuedena Grandes. EL PAIS.

No quiero convertir esta columna en una interminable sucesión de preguntas, pero les confieso que desde el lunes pasado no he avanzado mucho. Si razonar consiste en partir del análisis de unos hechos para llegar a una conclusión, cualquier tentativa de pensamiento desemboca por fuerza en el estupor. Es fácil comprender que el ministro Soria se borre a sí mismo de un plumazo por haber mentido. Lo que no se entiende es por qué ha mentido, y no sólo porque debería haber previsto que los documentos iban a desmentirle, sino porque, además, sus mentiras representan una precaución incongruente con el argumento al que sigue recurriendo para afirmar su inocencia. Si las sociedades offshore son perfectamente legales, como sostienen todos sus propietarios y el ministro de Hacienda, no debería haber negado su participación en ellas. Es más, en ese caso, Rajoy ni siquiera debería haber aceptado su dimisión. Su partido, sin embargo, le ha puesto como ejemplo de persona honesta que dimite sin ningún indicio de irregularidad, omitiendo con mucho cuidado el término culpable. Es un caso raro, desde luego, tanto que no vale como ejemplo. La distinción entre ilegalidad e inmoralidad puede servir para salir del paso ante un micrófono, pero no resiste un análisis serio. La única explicación verosímil de la actuación de Soria es el hábito de la impunidad, el espejismo de seguridad que llega a enturbiar la mente de alguien que, por encima de todo, se siente a salvo. Pero lo que de verdad importa en todo esto, sigue siendo el misterioso mecanismo, la turbia naturaleza de las sociedades offshore. Mientras no se explique con claridad, seguiremos viviendo en un libro absurdo, con planteamiento y desenlace, pero sin nudo alguno.

"El disfraz", por David Trueba. EL PAIS.

Tiene toda la razón la expresidenta madrileña Esperanza Aguirre cuando asegura que un ministro de Hacienda británico se habría visto obligado a dimitir por las filtraciones de declaraciones de la renta de particulares. Una de las bases del acuerdo entre ciudadanos y recaudadores estatales es la confidencialidad. Lo raro es que a ella le preocupe solo que esa filtración se haya producido en su caso o el del expresidente Aznar. ¿Por qué callaba cuando las filtraciones afectaban a rivales políticos o cuando el señor ministro acusó en el Parlamento a actores y periodistas de no pagar impuestos con la única finalidad de dañar su imagen de grupo sin ofrecer nombres concretos? El eximente de las últimas filtraciones podría hallarse en que durante décadas los personajes investigados han ejercido cargos públicos de enorme relevancia. Deberían ser por tanto ejemplares y ahorrarse los llamamientos descarnados en favor de esquivar impuestos o trampear fiscalmente y, por contra, contribuir a la pedagogía nacional para explicar lo positivo de la declaración de renta.
Vivimos un periodo muy confuso, donde la investigación periodística termina cuando se cobra la pieza, pero no profundiza en las ramificaciones de su corrupción. Cae un ministro, pero en días se corre un tupido velo aclaratorio sobre sus negocios familiares. Así funcionan también las declaraciones de los políticos, como una polución interesada a modo de tinta de calamar sobre cualquier deseo de claridad y transparencia. Qué triste fue ver que una asociación de derecha radical robaba el nombre de Mani Pulite, asentado sobre los esfuerzos procesales del magistrado Antonio Di Pietro por desvelar la tangencial corrupción política italiana, y lo transformaba en un Manos Limpias protoespañol, listo para amedrentar a enemigos ideológicos, desde jueces progresistas a muñecos infantiles.
Hemos sabido que Ausbanc cobró subvenciones de la Comunidad de Madrid, pero por eso quizá no dimite ningún presidente británico ni por nombrar de segundo a Granados o engordar la trama Gürtel. Subvenciones en España solo reciben los del cine, según interesada manipulación de ciertos periodistas y un partido político que por año cobra en subvención directa el triple que toda la industria audiovisual nacional junta. Desinformar a los españoles es una tarea ardua, que requiere insistencia y disfraz. La insistencia no hace falta señalarla, es obvia. El disfraz cuesta más distinguirlo. A veces es indignación, otras oportuno asociacionismo, en ciertos casos fingido liberalismo y en la mayoría solo zafiedad y rebuzno.

"Cultura", por Fernando Savater. EL PAIS.

En el texto que acompaña el programa Tratado de Paz, dentro de la capitalidad cultural de San Sebastián, se anuncia que va a tratarse de ETA, “alejándose del binarismo que ha impedido todo intento de reflexión acerca de este fenómeno, a la vez político, militar y cultural”. Como hay un catalán en la dirección, era de esperar el tonillo “atentos, que por fin os vamos a explicar lo que no entendéis”. Más polémica han despertado los tres calificativos del fenómeno, sobre todo el último. No me parece para tanto. Es indudable que ETA ha sido un fenómeno político, no porque los terroristas sean políticos —ni libres ni presos— sino por haber impedido a los ciudadanos constitucionalistas expresarse políticamente en libertad, por falsear así todas las elecciones democráticas en Euskadi y por servir para hipertrofiar el peso del separatismo en la sociedad vasca. Lo de “militar” sí que es un elogio inmerecido, a no ser que se aplique una variante de la doctrina Colau y se considere militares a los criminales por ir armados tal como se considera criminales a los militares por la misma razón.
El aspecto cultural de ETA es indudable, como fue también cultura el nazismo y lo son ahora la mafia, la camorra, el narcotráfico, el ISIS y los paraísos fiscales. Hay cultura de lo peor como la hay de lo excelso, incluye ángeles y monstruos. Aún más: eso empujó a elegir Donosti como capital cultural para supuestamente cerrar heridas y ahora es la causa última de tantas pirotecnias pacifistas que se nos vienen encima. Hay que compensar de algún modo las complicidades del pasado, el largo desinterés por las víctimas del terror, el reparto de la herencia ensangrentada, el menosprecio por los símbolos democráticos y por quienes los defendieron: o sea, nuestro capital cultural.

"En blanco", por Manuel Vincent. EL PAÍS.

El 9 de marzo de 2008 hubo en España elecciones generales y ese día el guionista de cine Rafael Azcona estaba a punto de entrar en coma. Murió poco después de cáncer de pulmón, un auténtico morlaco, que le había apartado de los amigos con los que al final solo se comunicaba por teléfono. La última vez que hablé con él me contó con la voz cascada la historia de aquel señorito obsesionado con el deporte que participaba en los maratones asistido por un criado que corría a su lado con un cubo lleno de agua y una esponja para refrescarlo y limpiarle el sudor. Ocurrió que al señorito en una de las pruebas le dio un síncope y murió en mitad de la carrera, pero el criado cargado con el cubo siguió corriendo y ganó el maratón. Luego Azcona me dijo que quería votar en las elecciones de ese 9 de marzo para demostrar que, aun en plena agonía, seguía siendo un ciudadano responsable. Votó a su manera. En 2008 los socialistas obtuvieron la victoria con 169 escaños frente a los 154 del Partido Popular y a continuación sobrevino la crisis, que nos ha llevado hasta el borde del acantilado, donde hoy los líderes políticos, con la incompetencia congénita para llegar a un pacto, ante las urnas puestas de nuevo a hervir cuentan los futuros votos como aquellas abuelas que sobre el mantel de hule en la cocina contaban las habas. Rafael Azcona quería votar a toda costa, pero los cuidados paliativos le tenían postrado. No obstante requirió los servicios de un notario para que levantara acta formalmente de su voto por correo. Cinco días antes de las elecciones el notario se presentó ante su lecho y Rafael Azcona usó la última fuerza que le quedaba en la mano para realizar un acto lúcido y demoledor, que puede servir de ejemplo y aviso. Cogió el sobre e introdujo en él la papeleta en blanco. Poco después entró en coma y cruzó la meta del último maratón.

"Estafa social", por Jorge M. Reverte. EL PAÍS.

Los catedráticos y, en general, los profesores numerarios de nuestro país no dan abasto. En los meses inmediatos, empezando desde ya, se van a leer públicamente millares de tesis doctorales, cada una de las cuales tiene una historia que puede ser hasta dramática. Porque hablamos de un mundo en extinción, que con la lectura de esos millares de tochos, escucha los acordes de su final.
A todo el mundo le pasa lo mismo, que si oye la palabra “tesis”, inmediatamente piensa en un ladrillo de más de 600 páginas que se lee una vez y se deja en una esquina a llenarse de polvo. Antes, no hace demasiado, escribir algo como El comercio de la lana en el siglo XVI y el desarrollo del sur de Palencia, por ejemplo, llevaba varios años de la vida de alguien muy listo, que con eso ya daba un paso de gigante para conseguir una plaza fija en la Universidad. Ese tocho no solía tener una gran posibilidad comercial pese a su sugerente título. Pero ahora, además de que no hay quien lo edite, tampoco sirve para que el autor o la autora encuentre un trabajo remunerado y mínimamente respetado. Nadie quiere leer una tesis doctoral.
Y, se supone, en cada una de ellas reside lo mejor del conocimiento acumulado y del método de cada cátedra. La Universidad ya no repone las vacantes, al menos las de las llamadas humanidades. Y hacer una tesis, que lleva hasta cuatro y cinco años de trabajo, ya no sirve ni para publicar un libro ni para justificar sabiduría y método que den lugar a un empleo de reposición del conocimiento, que es para lo que está, entre otras cosas, la Universidad.
Pero como toda institución, la Universidad tiene sus inercias, quizá más que ninguna otra. Y, ahora que se leen miles de tesis empezadas hace cinco o seis años, los miles de inteligentes y formados doctorandos que las han escrito van a recibir muchas palmadas en la espalda y sobre todo muchos mensajes de “¿para qué has hecho esto?”.
Mensajes que no son sino la manifestación de una gigantesca estafa social: esos todavía jóvenes autores de tesis son ya estupendos candidatos para trabajar de camareros.
Y España tiene un nivel cultural en la hostelería difícil de superar.

ORACIONES SIMPLES Y COMPUESTAS PARA PRACTICAR.


1.- Si vas a comprarte una casa, consúltanos.







2.-  Te presenté a mi prima para que la conozcas.





3.- ¿Cómo saber a qué distancia se encuentra una tormenta?





4.- Cuando a un cuerpo se le suministra energía calorífica sus moléculas se mueven cada más rápidamente.





5.-  Se cerrará la carretera por las obras.





6.-  No te lo pienses más.





7.- No te me el dedo en la nariz.





8.-  Me has devuelto gastado el bolígrafo.





9.- En esta investigación se llegará hasta el final.





10.-  No vio la señal o bien no le dio importancia.







11.-  Siento que no vengas a la fiesta.





12.- Lo difícil es que apruebes.





13.-  Le dijo que viniera pronto.





14.- Me gusta mirarte los viernes por la tarde.





15.- Veo a menudo a la chica que me presentaste el viernes.





16.-  Las vecinas, que viven enfrente, no me saludan.





17.- Mi coche, que es muy viejo, corre muchísimo.   

miércoles, 20 de abril de 2016

"Mona de pelo", por Luz Sánchez Mellado.

Hoy estoy mona de pelo, no es poca cosa con la que está cayendo ahí fuera y ahí dentro; en mis adentros, me refiero. No lo digo por dármelas: esto no tiene mérito ninguno, es cuestión de azar absoluto, las que me leéis sabéis que no miento. Esta mañana, nada hacía presagiar el milagro. Me he levantado como suelo, zombi severa, los labios curtidos de carmín reseco, el chapapote del rímel enfangándome las pestañas y las raíces adheridas al cráneo como si me hubiera lamido una vaca suiza. Que sí, que vale, que mañana me desmaquillo y me exfolio y me hidrato y me tonifico y me cepillo cien veces la melena y me dejo hecho un menú de tres platos y una tarta de zanahorias para que las niñas coman sano al día siguiente, pero, perdonadme la vida, ayer noche estaba en las últimas y no veía el momento de cerrar los ojos. Luego, sin embargo, por mi parte no ha quedado. He gastado la hora de marras. He usado todas y cada una de las armas químicas —champú, sérum, laca— y electrónicas —secador, difusor, plancha— para que mi cabellera pareciera secada al amor de la brisa marina tal como dictan los mandamientos de las revistas femeninas. Y, hete aquí que, al atisbarme la jeta en el espejo entre cabezazo y cabezazo, resulta que, oh aleluya, me había quedado el flequillo con la onda exacta.
Según una encuesta de la firma L´Óreal, el 80% de las españolas se sienten más seguras cuando llevan el pelo a su gusto. Poco me parece. Bien sabemos muchas que, con la que está cayendo ahí fuera —-y adentro— verse medio mona en la luna del ascensor del curro es, a veces, la única alegría del día. Por eso me ha extrañado tanto que a Pablo Iglesias, que ha posado desmelenado para una revista, se le haya echado encima la policía de género. Un varón, con uve y con be, que se cuida, se gusta y se pone clueco porque él lo vale. Lo que hacemos tantas todos los días por puritito amor propio.

miércoles, 13 de abril de 2016

La "MATAFÍSICA" por Vicente Verdú. EL PAÍS



En el programa Sálvame de esta semana ha venido apareciendo un hashtag con el nombre de matafísica. Los hashtag (del inglés hash, almohadilla; y tag, etiqueta) indican una zona en la Red donde se chatea sobre un determinado tema y se dice, en este caso, cualquier cosa. “#Matafísica” no es, desde luego, una alusión a la propia metafísica sino al caso del colaborador Kiko Matamoros que mientras se estaba haciendo estos días una cirugía estética había enviado a su mujer, Makoke, para reemplazarle en el plató. Muchos de los habituales (Mila, Belén Esteban, Lydia Lozano, Kiko Hernández) la menospreciaron por tres o cuatro razones de peso mediático y, al cabo, la sacaron de sus casillas. Así que el miércoles a media tarde se puso violentamente en pie y dijo que abandonaba para siempre Sálvame. Diferentes detalles sobre la vida de Makoke y su estrafalaria mansión se encuentran impresas en el último número de la revista Lecturas si es que no han lanzado ya otra edición.
La cosa estaba caliente, pero allí nadie sabe lo que va a pasar después porque este programa ni parece que posea guion, objeto o destino. La metafísica es lo contrario a la patafísica del animador Jorge Javier que pasea por el escenario como un mentor a la manera teatral del Siglo de Oro. O sea, la vida misma teniendo en cuenta que toda existencia es teatro y los sueños, sueños son.
¿Puede llamarse a esto telebasura? Basura es, pero ¿qué decir del basurero en cualquier ámbito actual? Comida basura, bonos basura, empleos basura, minutos basura, estafas, spams, dinero negro, sobornos, tarjetas black.
Una forma positiva de considerar el fenómeno de los muchos detritus volando sobre nuestro tiempo es atribuir su crecimiento a los humus de la riqueza y otro, también estimulante, es constatar en la detección de su malignidad la permanente sensibilidad popular hacia lo bueno. Condenamos la comida basura porque apreciamos la comida sana, hablamos de telebasura porque creemos en una televisión digna, abominamos del dinero negro porque amamos la claridad. A cada rechazo de lo malo correspondería una fuerte valoración de lo mejor y, de esta manera, como sucedía con el pecado, todos desearíamos superlativamente la gracia de Dios.
La cuestión, sin embargo, no queda despejada puesto que este tiempo es todo menos transparente o ejemplar. Si revolotea tanta gente en torno a los vertederos nauseabundos ¿no se deberá a la atracción que sus almas sienten por la degradación? Época de truhanes políticos, religiosos y mercantiles; de periódicos, revistas, redes y emisoras amarillas, de contratos sin honor ni buen olor. Porque o nadie confiesa que aquello huele a pútrido —incluida la policía— o, por el contrario, se alza una nauseabunda marea que ahoga legislaturas completas.
A los concursos de MasterChef pronto seguirán las competiciones de mastershit. El sabor de la excrecencia no gusta al principio, pero se tolera luego como con los manjares que la primera vez nos saben mal. La telebasura tiene mala prensa pero la prensa es también mala y hasta The New York Times se pirra ahora por un violador en serie que explotaría comercialmente en primera página. Hay que vender. Este es el lema. Y en la crisis valen más los sentimientos que los hoy (dudosos) conocimientos.
La medicina para nuestra actual felicidad no se halla, en suma, ni en la filosofía ni en la teología (ambas desaparecidas por completo) sino en la matafísica que nos infunde la sospecha de que, como insinuaba Makoke con su portazo, habría un alentador karaoke más allá. Es decir, la edición del mismo programa, de limón, naranja o deluxe, un día y otro día, a través de una Telecinco prolongándose más y más.

Prácticas de oraciones.

Oraciones:

1.- Determina de qué tipo de adverbiales son estas oraciones:

A) Cuando llegues al lugar, pregúntale.


B) Si no vienes, avísame.


C) Como no te espabiles, verás.


2.- ¿Qué función sintáctica cumple el "le" y el "me" (pronombres personales) de las dos primeras oraciones?





domingo, 10 de abril de 2016

ORACIONES.

LES dejo aquí algunas oraciones. Las copian, realizan lo que les pido y me lo entregan en clase:

Señalen el tipo de oración e indiquen la función sintáctica de los sintagmas subrayados:

A) Llegué a la playa, tendí la toalla, me quité la ropa, eché a correr al mar.

B) Mientras leías la novela, los chicos salieron al patio.

C) Llueve.

D) Le entregué las llaves.

E) La lectura deja un recuerdo donde el corazón llora.

miércoles, 6 de abril de 2016

"Agria leche", por David Trueba. EL PAÍS.

“En cualquier tiempo y en cualquier terreno siempre hay un hombre que anda tan vagabundo como el humo, bienhechor, malhechor, bautizado con la agria leche de nuestras leyes. Y él encuentra su salvación en la hospitalidad”. Así comienza la Oda a la hospitalidadque escribió nuestro poeta Claudio Rodríguez. La agria leche de nuestras leyes llovió ayer sobre los refugiados que se hacinan en la orilla griega, también vagabundos, también humo, para quienes carecemos del don de la hospitalidad. Esta es una larga historia, que comenzó con la destrucción de algunos países bajo las bombas humanitarias y prosiguió con la sanguinaria guerra civil a tres bandas en Siria. La mayoría de los que escapan del desastre no tenían, cinco años atrás, planes de fuga, sino un empeño humilde por sacar adelante la familia y el futuro raquítico que su país les ofrecía. Su plan ahora es distinto, escapar, llegar al norte, sacrificarse hasta la última gota de sudor para que sus descendientes tengan una perspectiva decente. Este es el único plan de un emigrante.
A estas alturas ya sabemos que la magnitud de la ola de refugiados resultó insostenible para las políticas nacionales que se aglomeran en Europa. Los líderes locales responden a electores preocupados, acosados por la crisis, la inseguridad y el pánico. Sin embargo, desde el verano pasado la ausencia de un plan razonable, de un digno sentido de la solidaridad, ha ido propiciando que tarde y mal se llegara a esta solución siniestra que incluye un socio nada de fiar como Turquía, una contención fronteriza en un país tan roto como Grecia y un chorreo de millones de euros que no se destinará a las necesidades básicas de las personas, sino a su zarandeo. El reparto ordenado de unos cuantos miles habría servido para garantizar la autoestima de una Unión Europea que ahora solo aspira a ser comprendida en su impotencia. Y así entendemos el silencio de Merkel tras su apoteósico cuarto de hora como reina madre de la hospitalidad. La hicieron callar, nos hicieron callar y el miedo se puso al mando.
Los grandes problemas humanitarios precisan respuestas que reconcilien a las naciones, que permitan a los ciudadanos mirarse en el espejo de sus instituciones y encontrar rasgos de dignidad. Nadie aspira, salvo los iluminados, a resolver un problema de magnitud tan inabarcable, pero sí a dar signos, por pequeños que sean, de auspicio y generosidad. Se confirma lo que Claudio Rodríguez también escribió en otro poema: “Es el tiempo, es el miedo, los que más nos enseñan nuestra miseria y nuestra riqueza”.

domingo, 3 de abril de 2016

COSTOSO DERROCHE. EL PAÍS.

No hubo que esperar a verificar el impacto de la crisis para contemplar imágenes de ciudadanos buscando entre los cubos de basura en las calles o en las puertas de cadenas de alimentación restos de alimentos. Hay personas que pasan hambre y otras que desperdician alimentos.
Se mandan a la basura alimentos que de ser destinados para el uso que están concebidos acabarían con gran parte del hambre en todo el mundo, y en países como el nuestro. Un hecho por si solo revelador de problemas no solo económicos, sino medioambientales y, desde luego, éticos, para todos los protagonistas en la cadena de alimentación: productores, procesadores, distribuidores, comerciantes y, desde luego, consumidores finales.
Una tercera parte de la producción alimentaria mundial es perdida o desperdiciada, lo que supone más de 1.300 millones de toneladas anuales y 1 billón de dólares, según la FAO. Esta agencia estima que son más de 1.000 millones de personas las que pasan hambre. Aunque la distribución entre perdidas y desperdicio de alimentos es similar entre países avanzados y los menos desarrollados, en estos últimos las perdidas mayores, un 40%, tienen lugar tras las cosechas y en las fases de procesamiento; en las economías avanzadas esa proporción tiene lugar en el circuito de comercialización al por menor y por los consumidores.
En la Unión Europea son más de 100 millones de toneladas de alimentos al año las que se desperdician. Las estimaciones elevan a 120 millones esa cifra en 2020 si no se adoptan medidas correctoras. Es razonable que una de las políticas comunitarias sea precisamente la protección de la salud humana y animal y con ello reducir esos escandalosos niveles de desperdicio, garantizar la sostenibilidad de sistema alimentario.
En España, los datos de la Asociación Española de Distribuidores, Autoservicios y Supermercados sitúan los desperdicios de alimentos en 128.000 toneladas anuales con un valor aproximado de 292 millones de euros, que serían 336 con las donaciones. Otras estimaciones elevan esa cuantía de forma considerable. Eurostat sitúa a España como el séptimo país más derrochador de la UE, con 7,7 millones de toneladas. Los hogares son los responsables del 42% del desperdicio, con una media de 76 kilos por hogar y año. Compran demasiado, no almacenan correctamente los alimentos y desperdician muchos sobrantes.
Son comportamientos poco racionales. Contrastan con otros, como el que estos días hemos conocido del mayor accionista de Ikea, habituado a comprar alimentos a punto de caducar o equipándose con ropa de segunda mano. Se trata de algo más que una anécdota, para constituir una señal ejemplar para asimilar prácticas individuales racionales y sostenibles, compatibles con otras acciones que han de adoptar los gobiernos. Estrechar controles en toda la cadena, extender tecnologías digitales para el control de la aptitud de los alimentos son acciones básicas, algunas de ellas ensayadas como buenas prácticas en algunos países.
Confiar ciegamente en la acción libre del mercado, la ausencia de coordinación, no facilita precisamente las cosas. Ello no debe impedir acciones específicas de educación en la eficiencia en el consumo: no solo está en juego el ahorro estrictamente económico, también el impacto medioambiental en la producción y en el consumo. Y en última instancia la más mínima solidaridad, perfectamente compatible con la competitividad y la creación de empleo.