martes, 8 de enero de 2019

TEXTOS.


“Repugnante”, por Almudena Grandes. EL PAÍS.
Solo existe una cosa más repugnante que una ideología odiosa, y es manipular la realidad para quitarle importancia, alegar que en el III Reich había delincuentes judíos, que la policía estadounidense también tirotea a hombres blancos. Nadie ha negado nunca que exista violencia en las familias. Nadie afirma que no se produzcan muertes en relaciones homosexuales. Nadie sostiene que las mujeres no puedan matar a sus maridos, a ancianos, a niños. Pero ninguno de estos supuestos comparte la naturaleza de la violencia machista. Todos los asesinatos son criminales, todas las agresiones, igual de graves, pero solo las mujeres mueren por el simple hecho de serlo. Solo ellas mueren por azar, a manos de desconocidos a quienes les da más o menos lo mismo una que otra, y secuestran a las que tienen a mano para violarlas y matarlas después. Desde hace siglos, los maridos se han ido a comprar tabaco y no han vuelto. Desde hace solo unos años, las esposas se atreven a irse de casa y cada mes muere alguna a manos del hombre al que ha abandonado. No es lo mismo. La violencia familiar existe, la violencia doméstica existe, la violencia machista es otra cosa. En el caso de los feminicidios determinados por el azar, es puro terrorismo ciego. En el caso de los asesinos que consideran que sus esposas son objetos de su propiedad, es la manifestación terrorista de una tradición criminal, que ha esclavizado, maltratado y excluido durante siglos a la mitad de la población a favor de la otra mitad. Aunque las cifras sean abrumadoras, no es una cuestión de cantidad, sino de calidad. Tratar todas las violencias de la misma manera es posicionarse a favor de la violencia machista, quitarle importancia, avalar las razones de los asesinos de mujeres.

“Sangre y sexo”, por Luz Sánchez-Mellado.
Hace tres décadas, cuando empezaba en el oficio, tuve un jefe del que aprendí mucho. Como última mona del área local de una radio, me tocó hacer de todo menos ojales. Subí a palacios, bajé a chabolas, hice más calle que un coche patrulla. Vi muertos, heridos, asesinos. Con todo, el peor fue el día en que hubo un accidente de bus donde murieron varios adolescentes de viaje fin de curso y tuve que ir al aeropuerto a preguntarles a sus padres recién aterrizados para recoger sus cuerpos cómo se sentían al respecto. Estaba yo sola. A mi jefe le habían dado el soplo y tenía la exclusiva, pero, cuando los vi aparecer, inconfundibles en su desamparo, no tuve cuerpo de ponerles la alcachofa en la boca. Llegué sin audio al curro y me gané una bronca con la que aún sueño. Ya lo sospechaba una, pero, por si me quedaban dudas, me lo bramó mi baranda: nada como la sangre y el sexo para subir audiencia y, yo, con mis melindres, ya podía dedicarme a otra cosa.
Seamos francos: desde Caín y Abel nos encanta una tragedia. Quizá por compasión por el prójimo, quizá por alivio de seguir vivos. Ahora tenemos una salpicando sangre y sexo en las noticias, la cuadratura del círculo. Una chica de 17 años, asesinada presuntamente por la novia de su exnovio. Los detalles —la homicida, hija de guardia civil; la víctima, de inmigrantes rumanos— son objeto de análisis omnívoro en todos los medios, a todas horas, ilustrado con imágenes en bucle de los protagonistas y reporteros plantándole la alcachofa al último mono con opinión al respecto. No lapido a colegas. He cubierto sucesos y volveré a hacerlo. Pero eso no quita para que opine que hurgar en heridas y vísceras no aporta más información ni conocimiento de la especie humana, sino más morbo y náusea. Puedo equivocarme. Lo único seguro es que, en nada, otro horrendo crimen relevará a este y tendremos sangre y/o sexo nuevos amenizándonos el desayuno.


"Ciberbrutralidad"... Lluis Basset. EL PAÍS.

“Ciberbrutalidad”, por Lluis Bassets. EL PAÍS.


Empieza con los peores augurios un año que algunos anuncian ya como el del inicio de una nueva guerra fría. O incluso dos. Putin compite con Trump en proyectos de armas de largo alcance indestructibles y Trump compite con Xi en una escalada de represalias comerciales de efectos letales sobre la economía global.

La guerra fría, si acaso tiene lugar, también se dará en el ciberespacio. Incluso es posible que se dé entera en el ciberespacio, donde suele difuminarse la propia noción de guerra. Habrá que hacerse alguna idea de cómo puede ser un mundo global dividido por nuevos telones de acero y muros de Berlín digitales, que replicarán los que se construyeron entre 1945 y 1989.

Dos investigadores de la Universidad de Southampton, Kieron O’Hara y Wendy Hall, acaban de publicar un paper (Cuatro Internets. La geopolítica de la gobernanza digital), en el que explican cómo la fragmentación de Internet ya es una realidad que se está acomodando a cuatro modelos de inquietante y bien lógica coincidencia con los sistemas y las ideas políticas.
"Ciberbrutalidad", Lluis Basset. EL PAÍS. 
El modelo original es el abierto, surgido en la costa Oeste de EE UU de una filosofía política libertaria y liberadora, confiada en los beneficios de la transparencia y de la autorregulación por la acción libre y el acceso gratuito de quienes participan. El modelo europeo de regulación intenta resolver los inconvenientes de la apertura, como son los contenidos delictivos, los atentados a la propiedad intelectual o las interferencias en procesos electorales. Un tercer modelo, comercial y promovido desde el Congreso de EE UU, de inspiración republicana e incluso trumpista, combate la exigencia de neutralidad de las empresas tecnológicas en la Red y favorece la concentración y los monopolios.


Quien ha definido mejor el cuarto modelo, y en una sola frase, es el enviado especial del diario Le Monde a Kinshasa para cubrir las elecciones celebradas el pasado domingo: “La ciberbrutalidad se instala”. Cuando algo no interesa se corta. El ciberespacio proporciona también una nueva arma: la interrupción y el bloqueo. Y eso es lo que hacen siempre los regímenes autoritarios cuando las cosas no funcionan a su gusto, como está sucediendo en la República Democrática del Congo, a la espera de un escrutinio de las urnas tan accidentado e increíble como las propias elecciones, celebradas dos años más tarde de la cuenta y con más incidentes graves que normalidad. Este es el modelo autoritario, conocido en Rusia o en Arabia Saudí, perfeccionado en China y con admiradores en todos los continentes.